ARTICULOS CRÍTICOS

"RUBÉN DARÍO EN LORCA" en Revista de Crítica literaria latinoamericana, Año XXXIV, nº 67, Lima-Hanover, 1º semestre de 2008, pp. 221-236
Onetti: Primer Plano en Letral. Revista de estudios trasatlánticos de literatura.


Y publicados en Spejismos:

J’EN AI MARRE

Hablemos de las dos orillas. O mejor aún. Hablemos de la distancia insalvable que existe a veces entre ambas riberas. De la extraña razón por la que en ocasiones parece que el océano se evaporara uniendo un lado con el otro, salvando distancias, acercando nombres. Y entonces Borges, Onetti, Lispector, Monterroso, Márquez, Ramírez, Fuentes, etc... se convierten en nombres propios y sus historias resultan cercanas. Pero en otras ocasiones, es como si el mar se acrecentara y aumentase su densidad y con ella la imposibilidad de atravesarlo. Y ni los años  consiguen tender puentes. Álvaro Yáñez Bianchi,  llegó hasta Paris donde junto a otros intelectuales y artistas chilenos creó el grupo Montparnasse en 1923. Sin embargo, Juan Emar murió en 1964 a los 71 años injustamente desconocido de este lado. 

Juan Emar es el seudónimo que Álvaro Yáñez Bianchi adoptó tomado de la expresión francesa “j’en ai marre” (estoy hasta la coronilla) para firmar sus artículos críticos que durante cuatro años escribió en el diario La Nación.

De él dijo Neruda: “Ahora que los corrillos se garantizan con Kafka aquí tenéis nuestro Kafka, dirigente de subterráneos, interesado en el laberinto, continuador de un túnel inagotable cavado en su propia existencia no por sencilla menos misteriosa... Este antecesor de todos, en su tranquilo delirio, nos dejó como testimonio un mundo vivo y poblado por la irrealidad siempre inseparable de lo más duradero”.

Pero también dijo de él Vicente Huidobro: “Juan Emar escribe con las patas”.

Los relatos de Diez (Santiago de Chile, Tajamar editores, 1937. 2ªed. 2003) fueron tildados en su momento, como bien señala Pablo Brodsky en el prólogo de esta edición, de burlescos, surrealistas, irónicos, en definitiva, una narrativa incomprensible. Pero si por algo se destaca cada línea de este libro es precisamente por la sencillez de su escritura. Quizás por eso sorprendan tanto los giros repentinos que dan las historias y los ambientes en los que sumerge a los personajes sin necesidad de sacarlos del lugar en el que los situó al comienzo de la narración. De improviso, deja un regusto no se sabe bien si dulce o amargo, o ambas cosas a la vez. Con los cuentos de Emar el lector revive esa sensación de extrañamiento que sufren los bebés cuando se les coloca frente a un espejo y patalean y ríen y gritan al dar por sentado que es otro el que también ríe y patalea y se sobresalta frente a él. Una percepción que está ahí latente en nosotros, que no nos abandona en la edad adulta, que crece con nuestro cuerpo sin apenas percibirse. Hasta que un día, en un descuido, aparece en el gesto más simple, en el momento más inoportuno. Miramos de pronto las manos, movemos los dedos y, aunque son nuestras manos, nuestros dedos, nos sorprende ver cómo se mueven, y atónitos, los contemplamos como a extraños y casi nos sobresalta verlos moverse, ajenos.  

Los relatos de Diez, son Álvaro Yáñez, son Juan Emar, son lo cotidiano y lo fantástico, lo más real pero también lo más onírico e inaudito. Son irónicos, sí y terribles y simpáticos, son, como poco, sorprendentes:

“-Me parece  -le dije - que hay algo de artificial en todo esto, Pibesa. ¿No lo crees? La noche allí no avanza. (Cierto que nosotros tampoco). La tarde sigue. (Cierto que nosotros también). El sol no se va para aquel final de cordillera. (Cierto que nosotros aquí estamos y no nos vamos). ¿Pero hasta qué punto esto puede ser una explicación? ¡Presiento algo artificial en todo esto, Pibesa mía!

Ella me dijo:

-Vamos.

No sé si lo dijo por prudencia o por conjugarme el verbo ir.”

PEPA MERLO

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                                LOS PERROS DE ONETTI


Son pedazos de carne sangrienta los polvos mágicos del prestidigitador que viste levita. Los rocia con gran boato sobre la jaula, pero podría hacerlo sobre la galera como si realmente se tratara de polvos mágicos y él fuese un verdadero mago. Aunque de ella no asomará la cara blanca con expresión asustadiza de un conejo. Ni siquiera los rostros negros de los cuatro doberman de la jaula, sino lo que es peor, la ráfaga oscura de los perros, todos machos, y la ciega ansiedad de los hocicos de innumerables dientes. Él es el hombre de ojos color de alambre nuevo y misma rigidez. Él es el patrón. No es un mago de verdad y por eso necesita preparar su truco. Y lo hace con toda clase de detalle  para asegurarse de que funcionará, aunque todos, incluido el espectador, sean conscientes de la manipulación. Eso no importa, él es el amo y hace y deshace a voluntad. No obstante hay que cumplir los pasos, hacer las cosas tal y como deben hacerse. 

Y, el mismo día en el que yo emprenda con decisión la marcha desde la gran urbe hacia su casa, él, que ha dejado todo listo, escapará lejos de su mujer que le odia porque conoce su secreto, lejos de su hijo al que detesta porque es lo que representa con sus bordados y sus broqueles de oro. Y huirá de la mentira de su casa con butacas de seda y bordados dónde nunca aceptó sentarse, de los muebles de patas retorcidas, de los servicios de café y té y chocolate, de la enorme pajarera con su temeroso estruendo. Cambiará el paisaje ficticio del que es dueño por el pino plantado por nadie  en mitad de las vastas extensiones de trigo que conducen hasta la casita blanca en una playa sucia. Viajará cómodamente en su milord negro y lustroso hasta la verdad de una puerta pequeña, austera, sin artificio. Pagará voluntarioso a un hombre oscuro diez billetes por un silencio que ambos saben mentira, y antes incluso de traspasar la puerta ya será el fantasma lastimero que aulla triste y posee el don de desaparecer del orbe. Para no estar donde no debe de estar. Ha viajado lejos con la única intención de despedirse para siempre de aquella a la que babea arrodillado sobre las uñas pintadas de unos pies pequeños.

Yo soy la zanahoria que hace salir al conejo de su chistera, soy la presa que devoraran los perros obligados a ayunar. Antes de irte ordenarás que beban todo el agua que quieran pero nada de comida para que muerdan sin dudar, sin que nada les distraiga cuando los empleados los suelten a mi llegada. Destrozarán mis manos porque te confortaron en ese secreto tuyo que es mentira. Y devorarán medio rostro tal vez porque tus empleados retiren aburridos a los perros de encima antes de tiempo, o puede que tu mismo hubieses dado esa orden, quizás no quieras acabar completamente conmigo, sólo desees que desaparezca una parte de verdad. El único problema es que el barro con el que me ensucien la cara no eliminará el olor de mi perfume, el mismo que usa la madre de tu hijo.

Pero como en todo gran espectáculo de magia que se precie, el numero del conejito que sale de la chistera y al que se le premia con una zanahoria es únicamente un pequeño entretenimiento para el espectador, una escena que entretiene y llena espacio del show, pero no es el Gran Número. El Gran Truco de todo buen mago consiste en hacer desaparecer a la chica dulce y guapa que le acompaña. Y tu juegas a ser el gran prestidigitador en esta historia.

Me acerco despacio a la verja de hierro y la atravieso sabiendo que me esperas, intuyendo que no estás. Tres perros se me echan encima. El cuarto será el que tendrá su día.


PEPA MERLO




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