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UNA ESTANTERÍA

El miedo se expande por las paredes, recorre los pasillos, ocupa incluso las salas en las que no estamos. Y la casa deja de ser nuestra para convertirse en su casa y nosotros nos transformamos en extraños, en seres desconocidos y ajenos a nosotros mismos que deambulamos de aquí para allá sin sentido o permanecemos inmovilizados en un rincón sin capacidad alguna para pensar, para reaccionar, para tomar las riendas de nuestro propio cuerpo. Entonces no hay más que turbación, desasosiego, cobardía, temor, desconcierto. El tiempo se ralentiza para darnos muestra de su control, del terror de lo eterno. El miedo tiene sonido de motor de avión, de hélice a pleno rendimiento, de metralla atravesando muros, de temblor de tierra. Todo acaba en un segundo. Porque la muerte cabe en un segundo. La casa cae, la vida termina. Debajo de los escombros no hay más que carne desgarrada, huesos astillados como patas de muebles desvencijados. En las ruinas queda el semblante de la atrocidad del ser humano. Fachadas que son ahora el único rostro de lo que fue la existencia, con sus ojos hueros desde los que nos contemplan inertes y sus orificios desde los que un día alguien saludó sonriente y por los que hoy entra y sale el aire en la respiración constante y cansada que los mantiene en pie.
Cuando el rugido de los aviones desaparece en la distancia, y se acalla el silbido de las balas y la nube de polvo, que ocultó el pueblo unos instantes, se posa lenta sobre las casas que quedan intactas, sobre los escombros de aquellas que no soportaron el impacto de la metralla y las bombas, en el suelo de lo que antes fueron calles y plazas o en la bóveda de una iglesia cuyo aspecto mutó en el esqueleto de un pez, el horror queda al descubierto.
El 24 de agosto de 1937 alguien devolvió un libro a su lugar en el estante de la única librería de la habitación. Cinco minutos más tarde, dos balas fusilaron impunemente el lomo de aquel ejemplar. Trece días de intensa batalla después, el seis de septiembre de 1937, tan sólo quedaron intactos los anaqueles de la repisa y los dos orificios de bala contra la pared. La casa desapareció y los libros han sido sustituidos por piedras que reposan unas sobre otras, como depositadas sobre el ataúd de un entierro judío para purgar los pecados del muerto, una piedra por cada pecado. O simplemente, eliminando metáforas, como terrible lapidación contra la cultura, contra el avance, contra la libertad, contra la igualdad, contra la civilización. Piedras en plúteos que flotan sobre el espacio en dónde antes hubo una casa, una habitación, una butaca y alguien que necesitaba ajustarse las lentes antes de abrir la cubierta y enfrentarse a la primera página.
Más de 150.000 hombres en total. De un bando 90 aviones, 105 tanques T-26; del otro, artillería bien armada con ayuda de aeroplanos Fiat CR-32, Heinkel He-46, Savoia Sm-79 y Messerschmitt BF-109. Seis mil muertos y un único testigo de que la existencia fue posible, más allá de la destrucción y la muerte: una estantería despojada de historias.


Foto Pepa Merlo. Belchite. 


Texto creado por Pepa Merlo para “Ciudad de Lectores”

http://granadaciudaddelectores.blogspot.com.es/


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Pepa Merlo,
14 jul. 2014 4:11
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Pepa Merlo,
14 jul. 2014 4:10
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