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DECADENCIAS
LAS RARAS POETAS DEL 27

Por  LUÍS  ANTONIO  DE  VILLENA

Una buena antología de Pepa Merlo, “Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27” publicada en Sevilla por la Fundación José Manuel Lara, nos pone ante un tema maltratado en nuestras letras recientes (mal tratado o casi ignorado) cuando los años 20 y 30 del siglo XX, el primer esplendor del 27, fueron años de emancipación de la mujer y en general de un claro, abierto y necesario feminismo. El 27 suele ser una nómina de grandes y regulares poetas (hay algunos regulares cobijados a la sombra de los muy grandes) prácticamente todos varones. Se suele citar a Concha Méndez, pero mucho más por mujer y compañera de Altolaguirre que por su propia obra lírica de mujer independiente, que quizá bajó algo cuando conoció al hombre al que dedicaría su vida. Pese a su fama en vida, también se suele citar a Carmen Conde, pero no será malo recordar que pocos la tuvieron (pese a su no escasa presencia) por una poeta excepcional. Claro que se cita a Rosa Chacel, pero ella misma decía que ante todo era prosista, y que su poesía era ocasional y aún se la había “prohibido” a sí misma por no estar muy de acuerdo con los cánones líricos del momento. Y finalmente se habla asimismo (pero nunca dejan el segundo plano) de Josefina de la Torre, con una carrera ocasional, relativamente truncada en lo poético –no en su vertiente de dobladora de personajes como Marlene Dietrich- y de Ernestina de Champourcin, esposa de José Domenchina, ambos tocados por cierto sambenito de pesadumbre y no altas cotas. ¿Hay en la época, tan rica en mujeres atrevidas y dispuestas a luchar por sus derechos, poetas de la altura de Cernuda o del primer Guillén, por ejemplo? Creo sinceramente que no. Las mujeres brillaron en la política (Victoria Kent, Clara Campoamor), en el ensayismo (María Zambrano, Margarita Nelken) y en la prosa (Rosa Chacel o María Teresa León) pero esos niveles, en términos generales, no los alcanzaron en poesía. Lo cual no debe, ni mucho menos, conducirlas al silencio o a las filas postreras. Pero si la antología de Pepa Merlo sirve de algo más que de recordatorio e intento de categorización, es porque recupera nombres olvidados o nunca muy conocidos, superiores (al menos en lo antologado) a muchas de las nombradas. Y no hablo de Cristina de Arteaga (¡cuántas aristócratas en este florilegio!) ni de la ya oficialmente recuperada Lucía Sánchez Saornil, sino –para mí ha sido la gran sorpresa, tanto que espero indagar más- de Elisabeth Mulder (1904-1987) de padre holandés y madre puertorriqueña, pero española, viajera y modernísima, que escribió poemas tan fulgurantes (en el libro de 1929 “Sinfonía en rojo”) como “Rebeldía” o “El pulpo”. “Si he de morir, Señor, que sea matando,/ como muere el soldado en la batalla!” Claro que el 27 estuvo lleno de mujeres y muchas extraordinarias, el problema parece plantarse sólo en el terreno estricto de la poesía. Están a la altura de Hinojosa, de Prados o del mismo Altolaguirre, pero no llegan a Lorca, ni a Cernuda, ni al primer Guillén , ni a Aleixandre, ni al Alberti más fino… No llegan a la cima, pero si a notables alturas. Y sobre ellas ha caído (y eso es lo que no merecen) un incompresensible y muy machista olvido. Todo hay que curarlo. Y además (excusen el recuerdo) está Elisabeth Mulder, traductora, poeta excelente y autora de un libro en prosa titulado “La isla de Java”. ¿No les tienta?






LA TORMENTA EN UN VASO

ANDRÉS NEUMAN

Resulta estimulante comprobar que (pese a los agoreros vocacionales) en el panorama editorial español vienen dándose, en los últimos años, varios fenómenos que confluyen en el mismo punto: el ensanchamiento de los territorios periféricos. O, si se prefiere, más desatendidos. Algunos de esos fenómenos esperanzadores son: la creciente influencia de las editoriales independientes, pequeñas o ambas cosas; la mayor atención pública y académica que se le concede al cuento, así como a la micronarrativa; o el imparable, necesario incremento de autoras mujeres en los catálogos de las nuevas generaciones. En ese sentido, el reciente comentario en este mismo blog del bello libro de cuentos de Lara Moreno, Cuatro veces fuego, parece más que una simple coincidencia. Cuando Páginas de Espuma me encomendó antologar, en el primer volumen de Pequeñas resistencias, a jóvenes cuentistas 

españoles que hubieran debutado en los años 90, la lista de narradoras breves a la que tuve acceso era relativamente exigua. Casi una década después, la situación ha mejorado a todas luces, tanto en nuevos nombres como en espacios editoriales: hoy tenemos el placer de saludar a autoras brillantes como Berta Marsé, Cristina Grande, Mercedes Cebrián, Pilar Adón, Cristina Cerrada, Carola Aikin, Txani Rodríguez, Cristina García Morales o Lara Moreno, entre otras muchas. Por supuesto, y por suerte, han surgido también excelentes cuentistas hombres cuyos libros he leído con admiración. Pero el déficit concreto que he señalado antes (la falta de narradoras breves en nuestras librerías) era tan escandaloso, que vale la pena celebrar su progresiva corrección.

Viene esta reflexión a propósito del primer libro de Pepa Merlo (Granada, 1969), el volumen de relatos Todos los cuentos el cuento. Un primer libro bien construido, bien narrado, que tiene la sabiduría de ir sugiriéndole al lector las claves para recorrerlo, como esas casas en cuya entrada, debajo del tapete, encontramos la fortuna de una llave. Las preguntas centrales del libro se adivinan ya en el primer párrafo: «Y entonces, ¿qué? Una inmensa llanura árida se abriría ante sus pies. Un lugar desde el que era imposible partir de nuevo. Todo debía acabar, menos la vida, y nadie en su entorno era consciente de lo que estaba sucediendo». Eso es exactamente lo que ocurre en las historias que leemos a continuación. Los personajes están perplejos, viven al filo de la incertidumbre. No saben muy bien qué hacer con sus vidas ni qué será de ellos. El vértigo, el vacío los acechan. Su destino corre peligro. Los demás no ven lo que ellos ven, algo extraño está pasando pero el único testigo es nuestro personaje. Y el final de la historia lo modificará para siempre, llevándolo a un punto sin retorno.

Uno de los encantos de estas piezas es que sus argumentos suelen ser son dobles: por un lado cuentan una historia y por el otro anuncian una metáfora, construyen situaciones concretas a la vez que deslizan sutilmente un símbolo vital. Es en ese sentido que los textos resultan poéticos, no tanto por el estilo (sobrio, natural y exacto) sino por su capacidad de sugerencia más allá de su pequeño espacio y su literalidad. Metafóricamente leídas, la mayoría de las piezas proponen reflexiones líricas sobre la pérdida, el deseo, el vacío, la derrota. Pero no lo hacen con grandilocuencia sino a través de pequeños ejemplos, detalles domésticos que cobran un sentido casi mágico: ventanas abiertas, cajas vacías, bolsas con huesos, paquetes con regalos desconocidos.

La actitud narrativa de Pepa Merlo es la del protagonista de esa pieza irresistible que es Petrushka, seguramente la mejor del volumen: prismáticos en mano, el personaje observa la trayectoria de una vida desconocida, vigila su destino a lo largo de una carretera, se pregunta por su suerte. La moral de estos relatos es la curiosidad, la espera ritual de un acontecimiento, de alguna certeza. Algo desconocido se insinúa y la lectura funciona como instrumento de interrogación. Precisamente en Petrushka se condensan las virtudes del libro. La espera de ese hombre es a la vez una reflexión sobre la espera, sobre las expectativas de la mirada. ¿Vemos lo que vemos o lo que quisiéramos ver? La relación entre el interior y el exterior de la casa resulta inquietante, como dos puntos que pese a rozarse están regidos por tiempos, ritmos y reglas distintas. Por eso no es extraño que en esa casa haya más de un calendario. Y que esos calendarios no coincidan. El único punto de contacto entre ambos mundos, entre el afuera y el adentro, es un enigmático Volkswagen rojo. Todo funciona como un logrado juego de espejos y miradas. Un hombre vigila un coche con sus prismáticos, o mira a otros dos hombres mirándose mutuamente en la fotografía de un calendario. Pero dentro del coche hay alguien que mira la carretera, así como la imagen del calendario fue tomada por un fotógrafo que también estaba mirando, cuya mirada es ahora observada por el personaje, quien a su vez es visto por nosotros, voyeurs de tercer o cuarto grado. Eso somos los lectores a fin de cuentas: todos los que miran, el que mira. Ojos dentro de ojos dentro de ojos.

Además de escritora, Pepa Merlo es aficionada a la fotografía. Esta afición se advierte en la minuciosidad de los escenarios, en la precisión con que objetos, muebles y luces quedan dispuestos. Los ambientes del libro tienen una importancia extraordinaria. De hecho suelen ser los objetos, más que las acciones, los que marcan el misterio de los argumentos. Un magnífico ejemplo lo encontramos en el arranque de Una historia de amor. Otro detalle significativo es que casi todos los personajes se acuestan o se levantan de la cama durante el cuento. Se duermen o se despiertan con la vida cambiada. En el tránsito entre ambos momentos, en la frontera escurridiza entre vigilia y sueño, realidad y deseo, actúan las ambigüedades de las historias. En este sentido, y recurriendo a uno de los objetos fantásticos del libro, estos cuentos pueden entenderse como breves cazasueños que pescan las pesadillas de sus personajes.

Llama la atención la absoluta falta de exhibición de un libro que, aunque no lo parezca, es un primer libro. Su oficio narrativo camufla su complejidad, que incluye sigilosos homenajes culturales (recreaciones de cuadros de Magritte o Vettriano) y suaves ironías. Con estos cuentos sucede al contrario que con el Café Pamplona, el espacio donde sucede “Una historia de amor”: su ambiente cargado los hace parecer mucho más espaciosos, porque consiguen transmitirnos la sensación de un mundo detrás, un pasado, unas costumbres previas. Esa es otra de las hábiles maniobras de la autora: muchos de los personajes son sorprendidos por el lector en plena repetición de su rutina (o en plena ruptura de la misma), de modo que su memoria es el punto de partida de la historia, que empieza in media res y termina sin red.

Una última singularidad, que puede pasar desapercibida y que eleva el misterio de estos cuentos, es que casi todos son, en mayor o menor medida, historias de fantasmas. Fantasmas que se recuerdan. Que aparecen por la ventana. Que nos mecen por las noches. Olvidadas estrellas de cine que nadie reconoce. Un cartel que se mueve solo. Partituras que echan a volar de golpe. Paquetes remitidos no se sabe por quién. Huesos que nos vigilan. Portafolios que se esfuman. Una anciana invisible en un autobús repleto. Cabezas caídas del cielo. Los espectros del libro se relevan unos a otros, prestándose las sombras: un portafolios perdido se convierte en un bolso gris hallado, una ventana muestra un coche o un bombín, Québec aparece en un mapa y reaparece en un paquete secreto. ¿Qué había en el portafolios extraviado de La Veneziana, magnífico relato emparentado con Los girasoles ciegos? Esa duda también es un fantasma. Su autora promete, en cambio, convertirse en lo contrario: en una firme certeza. Esperamos su siguiente aparición.


CUANDERNOS HISPANOAMERICANOS

Todos los cuentos, el cuento, Pepa Merlo, Diputación Provincial de Cádiz, Cádiz, 2008, 146 pp.

ERIKA MARTINEZ

                Un arquitecto aquejado de una enfermedad que le hará perder la memoria vaga por una ciudad que se convierte progresivamente en el escenario de su vacío interior, un paisaje desolado donde se disuelven las referencias, hasta que solo queda un hombre atrapado dentro de una maqueta, un mapamundi, un simulacro. Como las muñecas rusas que monta y desmonta Paul Auster, este cuento fantástico titulado “Jardín de invierno” esconde una segunda trompe l’œil: detenido frente al escaparate de una juguetería, el arquitecto cree adivinar su futuro en los ojos inertes de una marioneta, cuando en realidad está a punto de convertirse en ella. Este es el golpe seco con el que la cuentista granadina Pepa Merlo comienza Todos los cuentos, el cuento, un libro que hace desaparecer el cristal que separa a cada ser humano de su propio infierno, un libro donde cada personaje es un voyeur arrojado al centro de la historia que observa. Como el fotógrafo accidentado de La ventana indiscreta, el protagonista de “Petrushka” se fabrica una trinchera contra el dolor, un espacio impermeable de rutinas obsesivas donde el tiempo se ha detenido y la vida es eso que sucede al otro lado, por ejemplo en un Volkswagen rojo. Hasta que la vida se cuela con su tragedia por los prismáticos, como se cuela Petrushka, el ballet de Stravinski que suena en la radio. 

    El siguiente cuento, “La cabaña forestal”, habla –no por casualidad– de un nuevo refugio «donde no existe el tiempo ni los horarios», donde  huyen los que quieren dejar de pensar. Implacables, los fantasmas del protagonista parecen cobrar vida, de nuevo al otro lado de la ventana, esa misma ventana que no sólo no le protege de una ficción que resulta ser muy verdadera, sino que se revelará como el instrumento fatal de sus deseos más siniestros. La aparición entre cómica e inquietante de un tipo de traje negro, paraguas y bombín, que parece recién salido de un cuadro de Magritte, inaugura la veta surrealista que constituye uno de los puntos fuertes de este libro. Su momento álgido, el magnífico cuento “Te llamaré”, donde una vieja loca que canta nanas lleva en el bolso un teléfono de pared cuya función no revelaremos.

    Situado estratégicamente en la mitad del libro, el microcuento “La bolsa” nos ofrece en cuatro líneas un modelo condensado de los móviles de tantos otros personajes de Merlo. Nos permitimos citarlo de forma íntegra por su brevedad y para deleite del lector: «Algún día reuniría el valor suficiente para bajar aquellos cuatro escalones, tomar entre sus manos los huesos, echarlos a una bolsa de basura y sacarlos para siempre de su vida». Por muy profundo que quieran sus personajes enterrarla, la basura íntima sale a flote en este libro de cuentos donde las miserias personales pueden fraguar de forma repentina en miserias históricas. Es el caso de “La Veneziana”, un relato brutal sobre la Guerra Civil y la cobardía, al que se contrapone el valor temerario de “Sofía”, último cuento del libro y escapada vitalista del refugio claustrofóbico en el que parecen habitar los personajes de Merlo. En él, una muchacha harta de su encierro decide exponerse a los riesgos de la guerra para sentir en su rostro el sol que ilumina la otra mitad del planeta. Durante un instante milagroso, el azar se alía con la justicia poética para que ella viva.

    Ordenados con minuciosidad, los diecisiete relatos que conforman este libro trazan puentes entre sí, personajes y escenarios que reaparecen, motivos que saltan de un cuento a otro. Si en “Jardín de invierno” un hombre observa en un escaparate la marioneta en la que se convertirá –como el Axolotl de Cortázar–, en “Petrushka” la secreta tragedia amorosa del protagonista subyace en la historia del muñeco de trapo que protagoniza el ballet homónimo de Stravinski, banda sonora de este cuento. Si una línea imaginaria escapa del mapa de “Jardín de invierno” hasta Quebec, un paquete misterioso llega desde esa misma ciudad hasta las manos de la protagonista de “El cazasueños”, casi al final del libro.

    Una última línea imaginaria sale desde este sorprendente libro cuentos, donde los recuerdos se desdibujan, la muerte irrumpe y la verdad se abre paso en los sueños, hasta llegar a un libro que pronto se publicará, El haza de las viudas, narración construida a partir de testimonios reales de las viudas del franquismo, cuya memoria permanecerá en las páginas que nos promete Pepa Merlo. Esperamos su relato con ansiedad.


Erika Martínez Cabrera



El marcapáginas

Guillermo Busutil

La fabulación de lo inquietante

En el mercado literario español, dominado por el best-sellers, la revisión de la memoria de la Guerra Civil y por la novela pseudohistórica, el relato continúa escalando posiciones entre los intereses de los lectores. Este logro responde a la apuesta de editoriales que fueron pioneras en la consolidación de la narrativa breve, como Páginas de Espuma, Lengua de Trapo, Última Thule o Menoscuarto. Posteriormente han ido apareciendo otros sellos más pequeños (Cuadernos del Vigía, la editorial Traspiés y la colección de la Diputación de Cádiz entre otros) cuyo punto en común es el respaldo de un género que ha dado lugar, en los últimos años, a interesantes títulos y a antologías de referencia como Páginas Amarillas, Cuentos al sur, Pequeñas Resistencias, Macondo boca arriba, Relatos para leer en el autobús, Cuentos del alambre o Ficción Sur, recientemente presentada en la libre- ría madrileña, Las cuatro rosas, especializada en el género.

Antologías en las que están presentes la mayoría de los escritores de relatos premiados y reconocidos por la crítica y que cuenta con una amplia nómina de autores andaluces de la talla de Felipe Benitez Reyes, Fernando Iwasaki, Juan Bonilla, Félix Palma, Hipólito G. Navarro, Andrés Neuman, Ángel Olgoso y Miguel Ángel Muñoz entre otros. Pero también estas recopilaciones han servido para dar a conocer los primeros cuentos de escri- tores emergentes, es- pecialmente mujeres, como Cristina Gálvez, Cristina García Morales y Pepa Merlo, autora del cortazariano libro Todos los cuentos, el cuento, editado por la Dipu- tación de Cádiz.

Los diecisiete relatos del debut literario de esta autora granadina resultan una agradable sorpresa por la pulcritud de una voz, afortunadamente ajena a las tendencias carverianas de los talleres literarios, que maneja con solvencia las exigentes reglas del género y entremezcla las refe- rencias a Cortázar, a Macedonio Fernández y en ciertos momentos a Perucho, con un mundo propio y un prometedor talento.

Así lo certifican las excelentes piezas El Jardín de invierno, El Primer violinista, No se admiten devoluciones, La Veneziana, Te llamaré y La Ceniza, en las que Pepa Merlo construye con esmero y conocimiento de las reglas del género inquietantes fabulaciones que se deslizan entre la huella de lo real y el misterio. Las historias y los personajes, unas veces levemente apuntados y en ocasiones perfectamente elaborados, llevan al lector a transitar (guiado por referencias de música clásica que representan la atmósfera interior de los relatos) por temas como la soledad, el desamor, la incomunicación, la infidelidad, el crimen y el desasosiego. El resultado es la interesante presentación de una nueva escritora de relatos que no tardará en desta- car en un género donde ha presentado unas prometedoras credenciales, entre las que destaca un estilo con identidad propia. 


 EL HAZA DE LAS VIUDAS. Próg. Almudena Grandes, Col. Espuela de Plata. Renacimiento, Sevilla, 2009

«Eran historias tan fantásticas que jamás habría podido inventarlas» 

La escritora Pepa  Merlo publica 'El  haza de las viudas', las vivencias de ocho mujeres republicanas

17.05.09 - 



J. L. TAPIA

 

 | GRANADA

jltapia@ideal.es 

«Sin las historias reales de estas mujeres jamás me habría salido este libro», señaló ayer la escritora Pepa Merlo en la presentación de 'El haza de las mujeres' (Ed. Espuela de Plata), un título que narra las vivencias de ocho mujeres de La Malahá durante la Guerra Civil y la represión de posguerra. La autora recogió los testimonios de un grupo de mujeres, para posteriormente relatarlos, pero con el cuidado de no dejar que la realidad superara a la ficción. «Eran historias tan tremendas que me distancié de ellas durante medio año para poder escribirlas y que me afectaran lo menos posible», indicó Merlo.

La escritora se refirió a que uno de los principales problemas que se le planteó con este libro consistió en que las mujeres entrevistadas querían permanecer en el anonimato. «Tuve que crear un personaje colectivo, una especie de hilo narrador donde las identidades estuvieran presentes a lo largo de los relatos», explicó. La novelista Almudena Grandes fue la encargada de presentar este título en la Casa de los Tiros y junto al director del Centro Andaluz de las Letras, Julio Neira. Almudena Grandes elogió la novela de Pepa Merlo, especialmente el hecho de que al abordar cuestiones tan trágicas como las historias desgarradoras de una serie de mujeres, «no haya caído en el dramatismo, ñoñería y demás peligros de las novelas sobre la Guerra Civil». La autora de 'Malena es nombre de tango' señaló que estos relatos «no se pueden escribir con la sangre caliente y la autora ha tenido la frialdad necesaria como para recogerlas».

La petición de mantener en el anonimato a las protagonistas, según Almudena Grandes, «la ha resuelto a través de un personaje neutro, que es la conciencia de todas ellas». La escritora indicó que 'El haza de las viudas' es un «libro interesante y emocionante a la vez, lo que no es muy frecuente en el panorama literario, un libro que es la crónica de unas supervivientes». Además, elogió el «uso de un tono adecuado para cada época relatada».

El título de 'El haza de las viudas' viene a narrar la historia de un grupo de mujeres a quienes se les ofrecieron unas tierras para su subsistencia, «y cuando habían recogido la cosecha pasó un camión y se la llevó», relató Grandes. La presentación del libro concluyó con la lectura de Pepa Merlo de fragmentos del libro, a los que Diego Neuman musicó e interpretó acompañado por su guitarra.

pastedGraphic.pdf Merlo y Grandes, en la presentación de 'El haza de las viudas'. / RAMÓN L. 

PÉREZ.






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                    Este libro no es una novela, pero todo lo que cuenta difícilmente podría relatarse de un modo diferente a como lo hace la literatura. La realidad, a veces, es tan real que se identifica demasiado con la ficción. Este libro nos narra uno de los episodios más silenciados de nuestra historia reciente: el destino de las mujeres republicanas españolas, la persecución, represión y marginación social a que fueron sometidas durante la Guerra Civil y en los años que siguieron a la contienda.




                                                                                                                   ....Y MUCHO MÁS.....




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